La ciudad está sembrada de templos, unos más hermosos que los otros, adentrarse en uno de ellos es un ritual aún para aquel que no es consciente de ello, traspasar su umbral supone dejar atrás la ciudad, olvidarla de algún modo, responde a un cambio de atmósfera, el vientre del templo nos acoge en su silencio. La luz atraviesa sus ventanas o vidrieras y se manifiesta como el único fin de esta gran matriz, consigue aislarnos del ruido, recogernos para la visión de la luz. |